Y ganó Alfonsín

Por Mirta

A la mañana siguiente, cuando me fui a trabajar, mi mamá me acompañó a la puerta y le dije: ¿vos estás triste porque ganó Alfonsín? No, hijaYo tampoco. Ay, ¡qué suerte! Bueno, no digamos nada. Me fui a trabajar. Cuando voté por primera vez fue una alegría maravillosa. Y usé el mismo DNI hasta que se acabaron todos los sellitos. Después de haber perdido compañeros, amigos y haberme tenido que mimetizar con la gente para no correr riesgos, volver a la democracia era verdaderamente un alivio, una reconstrucción de los afectos, de compañeros que habían logrado exiliarse y volvían.

En el colectivo, desde Ciudad Evita al obelisco, pensaba qué difícil es ser peronista. Qué difícil es ser oficialista con el peronismo, y ser oposición y que se te mueran los compañeros. Es difícil ser peronista. Un peronista no podía votar a un radical. Me tocó ser fiscal y toda la cuestión. Voté a Luder, pero a la Democracia Cristiana en la provincia. Nadie se enteró, no podía decirlo. Me preguntaron después, cuando empezaron a llorar algunos compañeros porque perdíamos. Yo no lloraba, estaba contenta con que ganara Alfonsín. Primera contradicción no, porque no había tenido otras.

Pero por suerte el 30 de octubre de 1983 fue un día luminoso. El 10 de diciembre lo fue más. En Semana Santa todos nosotros, los peronistas, estuvimos en la plaza. Y ahí sí empecé a pensar en lo que Alfonsín enunció: era el tercer movimiento histórico, la reunión de los del campo popular.