Violencia y ternura

Daniel*

Nadie sospechaba lo que iba a suceder posteriormente, por eso entre la gente había cierta algarabía ese 24 de marzo de 1976. Todos pensaban que el mal gobierno de Estela Martínez llegaba a su fin, sin medir las consecuencias.

Me quedaron repiqueteando los famosos ‘comunicados’ en la voz de un locutor oficial. Comunicado N° 1: La Junta de Comandantes de…  y allí apareció, con mucha fuerza, la palabra subversión. Cada dos o tres comunicados aparecía esta palabra; y que la Junta venía a frenarla.

Era una palabra que ya estaba instalada, pero se resaltaba y reiteraba varias veces. Si bien era una palabra que ya circulaba, dentro del comunicado parecía que sobresalía más.

En particular, yo participaba como periodista free-lance en un periódico independiente, pero cuestionador de algunos sucesos acaecidos. Sabíamos que las fuerzas armadas ya estaban avanzando -desde el primer día- y que intervenían partidos políticos y sindicatos. En cualquier momento caían en el periódico y algo pasaría. A partir de allí -a partir del 24 de marzo de 1976- y por sugerencias del director tuve que usar un seudónimo, únicamente para escribir en el diario. Eso lo tengo muy grabado.

¿Quieren que les cuente la historia de mi seudónimo? Linda y triste a la vez.

Me tengo que remitir a mi infancia. A mi papá le gustaba tocar el bandoneón cuando venía de la fábrica y se ponía a practicar en el medio del patio del conventillo, que es donde viví hasta los veinte y pico de años. Se sentaba al lado del aljibe (miren los años que tenía la casita) y tocaba distintas partituras musicales, especialmente un vals que le gustaba mucho (Silbido del vals).

En ese entonces, yo que era muy chico, me iba al umbral y movía las piernitas imitando el movimiento de mi papá. Él se dio cuenta y me hizo un cajoncito para que yo tocara e imaginara que tenía teclas a los costados. Yo tarareaba larí-larira-larí-lará.

A mí me costaba mucho pronunciar mi nombre, Daniel, y decía Nanel. Al final terminaron llamándome Nanel. Yo estaba entre el Nanel y el larí-larira-larí-larirá. Cuando tuve que pensar en mi seudónimo, me puse Nanel Lari.

Me sirvió para recordar a mi papá.

 

*Editado por Mónica, participante del Seminario “Memoria Histórica y Tercera Edad”