Un libro sobre “el rebusque”

Por Ana*

 

En el 2001 hacia poco que yo me había recibido de preparadora para la maternidad y terapeuta corporal. O sea, gimnasia con centros de energía, todo lo que era gimnasia correctiva y de más. En esa época trabajaba dando clases en el comedor de mi casa, un espacio chico.  Mi situación era muy crítica, mi marido y yo teníamos un taller textil con tres locales en Munro y cuando Menem abre las importaciones en los ’90 no pudimos competir y terminamos cerrando. Poco después de eso nos separamos. Yo tengo dos hijas: en ese momento la mayor tenía diecisiete años y la más chica doce. Entonces, tenía que pagar el alquiler y criar a mis hijas sola porque el padre se había ido a Córdoba y no me mandaba dinero.

Entonces, yo iba al trueque. Hacía masajes, ofrecía mis clases y llevaba milanesas de soja que había aprendido a hacer en un curso de comida natural.  También las vendía entre mis amigas, algún vecino y además le pagaba a mi psicóloga a modo de honorario simbólico.

Mis hijas tienen mucha experiencia en sobrevivir. Mi hija Victoria, a los diecisiete años repartió pizzas, vendía tortas con amiga a los empleados de las galerías de Belgrano, donde vivíamos, para pagar sus gastos. Yo apenas podía darle de comer. Laura, mi otra hija, tenía doce años y con una vecina pintaban frascos y bolsitas de papel, hacían dibujitos y los vendían en el edificio. Por supuesto todos los vecinos les compraban, a veces también ponían una mesita en la puerta.

Una vecina, que era psicóloga, me decía que tenía que escribir un libro sobre “el rebusque”, por mi historia de vida.

Llevaba a mis hijas a un homeópata, el Dr. Chaves, un médico prominente de la asociación de homeopatía. En un momento cuando no podía pagarle me dijo que la siga llevando sin cobrarme. Además, me permitía dejar folletos de mis clases en el consultorio. Un día vino a una de mis clases, quería ver cómo trabajaba. Fui a darle clases a su esposa y a la cuñada.

Durante 6 años el papá de mis hijas me pasó alimentos. Después quebramos, intentó armar algo acá, pero no pudo. Se fue a vivir a Córdoba con una nueva pareja y ahí no me mandó más dinero. 

Durante tres años el Sr. Trovato, dueño del departamento donde vivía, no me cobró el alquiler. Solo pagaba las expensas. Obviamente me lo reclamaba pero como él no vivía de eso… Lo recuerdo con cariño a Trovato, San Trovato.

Después de tres años la situación era insostenible, intenté pedirle ayuda a mi papá que me la negó. Terminé consiguiendo un subsidio del Gobierno de la Ciudad que usé como depósito para alquilar otro departamento más chico pero más barato y con expensas más bajas. Así que nos mudamos. Conseguir ese subsidio no fue fácil, tuvo muchas idas y venidas, horas de espera bajo el sol donde me llevaba un sombrero y una lona para tirarme.

Cuando comienza el kirchnerismo sentí que la crisis ya había pasado, que no era tan fuerte. Todas las demás épocas fueron durísimas. A mí me costaba pagar el alquiler y mis hijas hacían lo que podían. Fueron años muy duros. Yo estuve ocho insiliada, por eso tenía que trabajar por agencia y me tuve que venir de Bahía blanca. Ahora estoy jubilada por la moratoria del kirchnernismo. Recién, con ese gobierno pude empezar a mejorar un poco mi situación porque la gente tenía más plata y yo podía tener alguna alumna más. 

 

*Editado por Gabriela en el marco del taller de edición de testimonios en agosto de 2019 en la Facultad de filosofía y Letras (UBA).