Un efecto perverso

Por Germán

Tenía 14, 15 años. Vivía en Ciudadela, justo en una calle que era la salida del Batallón de Defensa Antiaérea 101.

De hecho, tenía un contacto muy fuerte con el Batallón, porque había vivido cerca de ahí desde los 10 años. Recuerdo que siempre se ponían los colimbas en las garitas que dan a la calle y cuando yo o cualquier vecino pasaba, de repente me gritaban o silbaban y bajaban con un dispositivo tecnológico: un hilito enroscado dentro del casco que bajaban con plata para que vos le fueras a comprar cigarrillos y esas cosas. No sabía ni sus nombres.

Me la pasaba en la puerta viendo pasar el despliegue -para mí-inusitado. Siempre veía uno o dos camiones por estar cerca del cuartel pero nunca había visto un despliegue semejante. Esto fue un mes, veinte días antes de la guerra.

No se sabía nada para qué era. Decían que eran maniobras.

Era la primera vez que veía sacar las cocinas de campaña, camiones con chimeneas atrás, camiones ambulancia, más allá de la artillería plena y pura. Es cierto que también era chico y se dimensionan los tamaños de una forma rara pero yo te podría decir que eran como 100 camiones, una bestialidad de movimiento militar.

Después, durante la guerra, el sentimiento era como el de un campeonato de fútbol en el que estábamos todos metidos, apasionados, embanderados, enloquecidos. Se había perdido la dimensión de los militares por ese ratito.

En su momento se logró un efecto perverso. La famosa plaza que fueron todos a putear a Galtieri y a los dos días fueron todos a apoyarlo por la guerra. Esa vergüenza calaba en los más chiquitos también. Éramos muchos en el secundario capaces de querer anotarnos para ir a la guerra para defender a la patria: ¡cualquier boludez! Estábamos muy pendientes y muy partícipes de la guerra: qué pasaba, qué no pasaba, como si fuera cada jugada de fútbol.

Y en el momento en que se terminó la guerra, yo fui a la puerta del cuartel para esperar toda esa parafernalia que volvía y no volvió. No volvió de esa forma. Había pocos familiares. Y yo sentí la soledad.  El recibimiento y la gente y el abrazo no estaban.