Sensación de poder

Por Malena

Hacía meses que junto a unas amigas habíamos empezado a ir al taller literario de mi abuela. Íbamos todos los miércoles. Nos gustaba eso de sentarse a discutir un poema o algo escrito por nosotras.

A ellas las conocí porque viajábamos juntas en tren desde San Fernando hasta el colegio en San Isidro, con un descuento escolar para viajar gratis que los guardias de seguridad siempre despreciaban. Pero para nosotras significaba la posibilidad de ahorrar un peso para comprar un libro, una merienda, un cedé. Un pequeño lujo que borrara el gesto agresivo del guardia que nos discutía hasta el color de la birome del descuento. Pero acá está mal la fecha, y acá, el nombre. Esto tenés que renovarlo.

Aunque lo llevábamos plastificado en un folio, la pelea era cotidiana.

Era 19 de diciembre del 2001, y estábamos en el taller. Nos fueron a buscar antes porque se había decretado el estado de sitio. Mi mamá se reía, nerviosa, porque en el medio del caos nosotras discutíamos literatura.

Yo no sabía lo que era “estado de sitio”. Mi mamá me explicó que era el modo de vida en la dictadura: no podían circular más de dos personas por la calle, no podías estar mucho tiempo sentado en una plaza. No podías cruzar la General Paz.

A la noche, desde mi casa se escuchaban estruendos y cacerolas. No teníamos televisión y apenas podíamos captar las noticias en la radio. Por algún motivo, nunca tuve miedo. Tenía un leve sentimiento de poder. Como el que sentía cada vez que vencía en la discusión con el guardia del tren.