Se sentía algo en el aire a las 12:40

Por Humberto*

Soy Humberto y desde mis actuales ochenta años voy a compartir mis memorias sobre un día de junio de 1955, el 16 de junio de 1955.

Les cuento que viví la época de Perón mientras hacía toda mi primaria como alumno externo de León XII y participaba de los Exploradores de Don Bosco, donde llegué a ser teniente primero, que era de las categorías más altas. O sea, mi formación fue cristiana dentro de la vertiente salesiana.

Recuerdo que eran tiempos muy difíciles; se había terminado la época de posguerra, donde verdaderamente con Perón fuimos potencia. Cuando Evita muere en 1952, hay un cambio. Personalmente había cosas que no me gustaban como eran como, por ejemplo, la propaganda, los libros de texto, y hasta algunos profesores nos impulsaban a escribir por las calles algunas cosas. Tampoco aceptaba que algunos por una máquina de coser o una bicicleta cambiaran sus posturas. Luego ya cerca de los quince comencé a notar otras cosas; la gente exigía otra cosa. Me gustaban las orquestas de tango, entre las que se destacaba Pugliese, que cada dos por tres caía preso porque pertenecía al Partido Comunista, y, si bien yo no era comunista, tenía la utopía de desligar los sindicatos y la política de todos los estamentos de la sociedad, por ejemplo, que no se metiera en el fútbol, en los trabajos, en todos lados.

Nosotros éramos hijos o nietos de inmigrantes. Cuando cumplí los trece años y me pude poner “los largos”, de acuerdo con la cultura del trabajo de la época, entré a trabajar en Guillermo Detex, en la calle Belgrano 836; o sea, el 16 de junio yo estaba en Belgrano y Piedras, a tan solo tres cuadras de la Plaza de Mayo por Diagonal Sur. Trabajaba de 8 a 12 y de 14.30 a 18.30, salía a almorzar 11.58 y corría hasta el subte D, porque vivía en Arévalo y Costa Rica. Como ya había firmado para jugar en la quinta división de Quilmes, podía correr hasta el subte en quince segundos y luego las diez cuadras desde la estación Palermo hasta mi casa. Para volver a tomar el subte a las dos menos cuarto para llegar 14.30 al trabajo.

Ese día a las 12, salí como siempre y cuando llegué a casa mi vieja me preguntaba qué pasó. Yo no sabía de qué me hablaba, y entonces ella es la que me informa sobre lo que parecía que pasaba. Le pregunto inmediatamente por papá, ya que él trabajaba en los galpones de la Aduana en la actual zona de Puerto Madero. Nosotros no teníamos ningún teléfono cercano, así que no tuvimos noticias de mi padre hasta las 4 de la tarde.

Cuando terminé de comer vi que el barrio estaba alborotado y decidí ir hasta lo del gallego. Parábamos en un almacén en la esquina y nos juntábamos para comentar qué estaba pasando.

Luego con otros nos fuimos hasta la casa del tano Milay, que era en un segundo piso o tercer piso y tenía azotea. Allí se había juntado un montón de gente, y, por Dios, que desde Palermo se veían los aviones. Hoy sería increíble; mirá la época de la que te estoy hablando, porque entonces no había muchas casas altas. De vez en cuando, ojo… no lo vi todo: se veía un avión.

Mirá, para mí, que como a diez cuadras estaba el Regimiento de Patricios, los aviones salían de ahí. Nos pusimos en la esquina; no sé si estaba la Paloma, mirando a los soldados; un cagazo. Ellos daban la impresión de que tenían más miedo que nosotros. Se preguntarían: ¿A dónde vamos?, porque estaban haciendo la conscripción.

Estoy contando algo que vi: no me lo contaron. Entonces, en una palabra, me pasó de todo. Gracias a Dios mi viejo volvió y, después, lo que pasó después es cuestión de otro relato.

*Editado por Antonia, participante del seminario “Memoria Histórica y Tercera Edad”.