¿Qué hago con mis flores?

Por Antonia*

 

En 1955 tenía nueve años y cursaba el segundo grado en el colegio de monjas ubicado en la calle Moreno, entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí, o sea, a seis cuadras de la Plaza de Mayo.

Para mí el colegio era el centro de socialización, ya que mi familia estaba compuesta por mis padres y mi hermano de veinte años, así que yo quería estar en el colegio; iba mañana y tarde. Ya había un clima antes; pudo empezar el 9 de junio, con la manifestación del Corpus Christi a la cual fui, y estuve en el Cabildo, vestida con el uniforme. Una manifestación imponente. Luego me enteré, mucho después, de que también había ido el Partido Comunista, o sea, era una manifestación: una procesión no precisamente religiosa.

Todos los días venía alguien al colegio, alguna madre o padre, y decía de buena fuente es la revolución, de buena fuente lo tiran a Perón; era pan de todos los días eso.

Mi casa quedaba en la calle Hipólito Irigoyen, entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí, es decir, a cuatro cuadras de la Plaza de Mayo. Los chicos que vivíamos cerca del colegio salíamos para almorzar en casa a las 11.30 y entrábamos a las 12.30. La mañana del 16 de junio tuvimos clase normalmente, y volví a casa a comer.

El colegio tenía por costumbre que a la hora de entrar al turno tarde se realizaba una especie de procesión, de acuerdo con el mes de María, y las alumnas llevaban un pequeño ramo de flores. Ese día me tocaba a mí llevar las flores; tuve que jorobar a mi madre para que sí o sí volviéramos al colegio.

Llegamos a la puerta del colegio, y, por supuesto, no había clases; ya eran las 12.20, y el bombardeo fue a las 12.40. De regreso, ya en la esquina de casa, escuchamos la primera bomba, ante la cual flor de susto nos pegamos.

Mi casa era baja, de dos pisos; subimos y yo quería ir a la azotea a mirar, pero por supuesto que no me dejaron. Los vidrios de las ventanas temblaban… Fue un momento muy angustiante, sobre todo al dejar de escuchar las bombas; se oían los aviones pasar rasantes a metros de la azotea de mi casa.

Las clases se suspendieron por tres días, creo. Este hecho me marcó mucho porque, sobre todo, cuando volvimos al colegio, lo único de lo que nos hablaban las monjas era de las quemas de las iglesias. Nadie nos nombró el bombardeo, y bastante después nos enteramos, a través de compañeras que tenían hermanas más grandes en el secundario, de que dos alumnas del colegio murieron en el colectivo línea 64 incendiado frente al Banco Hipotecario. En el colegio nunca se hizo referencia a este hecho.

Estando ya en la secundaria, cuando mi actividad era más rebelde que a los nueve años y tenía un poco más de conciencia, no demasiada, supe que en el sótano de colegio se hacían reuniones de los comandos civiles. De hecho, en mi caso particular, una compañera y amiga tenía el padre que era marino peronista; un caso raro, así que la abuela de ella nos reunía una vez por semana a rezar el rosario para que el papá se convirtiera, para que dejara de ser peronista.

Todo eso a mí me fue marcando, y me convertí en peronista. Nada más.

 

*Editado por Rubén, participante del seminario “Memoria Histórica y Tercera Edad”.