Los zapatos por salir

Por Amparo

En casa, el que más hablaba de política era papá.

Supongo que entendió enseguida lo que estaba pasando y que por eso estaba tan asustado. Esos días de diciembre mamá iba a tomar examen en la escuela, como todos los años, y, ante las amenazas de saqueo, papá le pidió que se quedara. Yo mucho no entendía qué pasaba, pero no hacía falta entender: con siete años de edad, esas cosas se sienten —y se guardan— en el cuerpo. Solo recuerdo que estábamos los tres en casa, y a mí eso me gustaba.

Pero las amenazas de saqueos eran cada vez más fuertes (aún me pregunto cómo lo recuerdo; será que sentía más miedo en el cuerpo). Mi papá no se despegaba del televisor y de la radio. Yo sabía que él tenía miedo. Era miedo de perder su trabajo, el futuro. Quién sabe. Sólo recuerdo miedo y tensión. Y un par de zapatos.

A la madrugada me levanté de la cama y lo busqué. Papá tenía la mirada fija en la pantalla y una postura propia de él cuando está preocupado. Había tensión. Era de madrugada, y papá no estaba durmiendo como siempre. Desde el pasillo observaba esa escena, y algo me llamó la atención. En la mesada, al lado de la cocina, vi su par de zapatos marrones. Y al lado de ellos, su documento.

Los zapatos estaban ahí, esperando para salir. No sé si en ese momento supe con certeza que mi papá quería irse. De algún modo lo registré. Siento aún en el cuerpo la sensación de desesperación que él me transmitía. No entendía mucho, pero no hacía falta.

Años después me contó que en ese momento pensó en ir caminando hasta la Plaza de Mayo (desde casa, en Quilmes), pero que se quedó porque yo era muy chica: no se quiso arriesgar.

Años después me lo contó; en casa ya no es el único que habla de política.