Los “truenos” que asolaron mi vida

Por Olga*

 

El 16 de junio de 1955 tenía dieciséis años. Soy inmigrante, y nos habían dicho que en Argentina los extranjeros no podían meterse en política. Vivíamos en Ciudadela; en mi casa todo era pan, comer, trabajar, estudiar. No había teléfono, ni radio, ni diarios. Mi madre, española, había pasado la Guerra Civil y conocía el tema de los bombardeos; me contaba que cuando estaba sola veía los aviones y tenía que escapar en retirada. Se fue como refugiada a Francia, ocupada por los alemanes. Pasaban los aviones, y teníamos que tirarnos al suelo, y escuchaba bombas.

El marido de mi hermana era muy peronista, y unos meses antes de la Revolución la escuché decir: Perón sonó: se metió con la Iglesia.

Yo trabajaba en Bonafide, a dos cuadras de la Plaza de Mayo. Estaba atendiendo a un señor y escucho como un TRUENO. Estaba pesando el café y me quedé… Y al segundo, al minuto, a los diez… no sé, otro TRUENO… “¡Nooo!”, le digo, “eso no es un TRUENO: ¡es una bomba!”. Yo conocía el ruido de las bombas.

Largué todo y me fui al fondo del local porque me quería ir. Salí caminando por el lado de Once, de la Plaza de Mayo; tomé el subte y me fui a casa. Cuando mi mamá me vio aparecer le dije lo que había pasado. Ella entendió todo y no dijo nada. Tenía miedo de que yo no trabajara y me hizo pedir el traslado a Sáenz Peña, lejos del centro. Mi sueldo era muy importante: había muerto mi padre, y éramos cinco hermanos.

Al día siguiente pasaba en colectivo y en las fábricas y en muchos lugares la gente tiraba los bustos de Perón. Yo no supe que hubo muertos.

En 2002 cuando me jubilé algo quería hacer. En un voluntariado me enteré de que hubo más de trescientos muertos.

Es lo que quería contar.

*Editado por Raquel, partcipante del seminario “Memoria Histórica y Tercera Edad”.