La preocupación fundamental

Por Amelia*

A nosotros, que vivíamos en Zárate, se nos había ocurrido poner una librería, que funcionaba, pero muy lentamente. No había hábito de lectura en Zárate. Después de la guerra vinieron muchos inmigrantes: italianos, sobre todo. Fueron muchos a radicarse ahí y venían a la librería a pedir los diarios de Italia. Entonces a Mario, mi marido, se le ocurrió: si la gente quiere leer su diario, vamos a traerlos. Entonces, los empezamos a pedir. La gente venía a buscar su diario una vez por semana. Eso hizo que la librería se conociera más. Eran muchos los italianos que se refugiaron en Zárate. Recuerdo a mi marido cada vez que volvía de Buenos Aires con  esos libros empaquetados. 

Aquel 16 de junio, mi marido había ido a Buenos Aires a comprar los libros que usaban los chicos en la escuela primaria.  Era un día igual que todos. Mario se levantó y tomó el tren en la estación. Tenía que ir en tren a Retiro desde Zárate y Zárate distaba a 90 kms de Buenos Aires. El tren se llamaba El Rosarino porque iba desde Rosario a Buenos Aires y pasaba por Zárate. Era lo más rápido que había para comunicarse con los otros lugares. Mario siempre tomaba el tren a las ocho de la mañana para llegar a Buenos Aires a las diez. Se dedicaba a recorrer las librerías que conocía e iba comprando los libros que le habían encargado los chicos. 

Los chicos de Zárate le encargaban el Manual de Alumno Bonaerense:

–¿Llegó el Manual?– los chicos empezaban a la mañana a preguntar.

Así que entonces ese día 16 de junio Mario tomó el tren como de costumbre y empezó a hacer su recorrido por librerías amigas que le guardaban los ejemplares que había encargado.  Una vez que terminaba con las compras siempre le gustaba dar una vuelta por la calle Florida. 

Sobre todo tomarse un cafecito en lugares que hacían mejor café que en Zárate. O sea que ese día andaba muy distraído con todo eso.  Luego se puso a caminar por Plaza de Mayo, soleada, despejada. Una tranquilidad. 

Cuando estaba por la mitad de la plaza empezó a escuchar ruidos extraños. Primero escuchó unos aviones que cruzaron muy bajo por sobre la plaza. Y de pronto ¡se dio cuenta de que también tiraban tiros y escuchó los estruendos de las primeras bombas! Como pudo agarró los libros que había comprado, que eran para él mucha inversión,  y se metió corriendo para el lado de la escalera que baja hacia el subterráneo. Los paquetes con los libros se le enredaban en las piernas. En un momento se acordó de que él tenía una tía que vivía en la calle Florida, muy cerca del subte. Cuando amainaron un poco las bombas fue a la casa de la tía y pudo dejar los paquetes ahí, quedándose mucho más aliviado. Entonces empezó a pensar cómo iba a hacer para volver a Zárate. Lo único que podía hacer era dejar todos los libros ahí. Pero ¡cómo iba a hacer eso, si los chicos iban a estar esperándolos! 

Al final esperó que se hiciera más tarde como para poder ir a tomar el tren, que salía a las diecinueve horas y volver a Zárate, y salió con todos los paquetes. Seguro que alguien lo iba a ayudar. Así que eso es lo que hizo. Esperó hasta las siete de la tarde y viajó con el Rosarino hasta Zárate.  Ahí se había armado una conmoción porque todos los chicos esperaban su libro. Eso era lo único que a ellos les preocupaba. 

Cuando llegó a Zárate y empezó a bajar los paquetes, todo se convirtió en un jolgorio. Todos contentos cada uno con su libro de lectura. ¡Esa era la preocupación fundamental! Entregó los libros y se quedó simplemente con la emoción de la experiencia tan dramática que había vivido en Plaza de Mayo, corriendo  bajo las balas de los aviones. Él, que no era un forzudo, corriendo con los paquetes de libros: ¿De dónde se sacan las fuerzas cuando hay desesperación?

*Editado por Alejandro, en el marco del seminario “Memoria, Testimonio y Escritura” en septiembre de 2019 en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA).