La plata y las personas

Por Lucas

 

Cuando fue el cacerolazo, salimos a la calle. Mi barrio está muy alejado del centro, y yo lo viví todo como parte de un juego. Era algo distinto, una novedad.

Estábamos con mi primo jugando mientras mi vieja, preocupada delante de la tele, nos contaba qué era el “estado de sitio” y cómo lo había vivido ella en su juventud. Esperamos a que volviera mi papá del trabajo, para que lleve a mi primo en auto a la casa. A pesar de que vivíamos en un barrio tranquilo, había nervios, tensión y miedo.

También me acuerdo del entonces novio de mi hermana, que estaba de viaje cuando pasó todo. Unos días después, al bajar del avión, alguien le dijo algo sobre “el presidente Rodríguez Saá”, y no pudo contener una exclamación. Sí, pibe. Rodríguez Saá es el presidente. ¿En qué mundo vivís? Nos reímos cuando nos lo contó. Cuatro presidentes en una semana. Parecía sacado de un chiste.

A pesar de lo ridícula que sonaba la situación, no tardé en entender que lo que pasó de juego no tuvo nada. Que había vidas en riesgo. Era una señal de que el camino por el que estábamos yendo no nos llevaba más que al dolor y al sufrimiento. Que el absurdo de poner la plata por sobre las personas tenía que terminar.