La madre cómplice

Por Bernardo 

 

Mi memoria de ese día es muy limitada. Tenía quince años, vivía en La Paternal y estaba cursando segundo año en el Colegio Nacional Bartolomé Mitre. Cerca del mediodía nos dijeron que nos vayamos, pero que tratemos de no tomar ningún tipo de transporte y que caminemos junto a las paredes porque había un bombardeo. Cuando llegué a mi casa, que demoré bastante, encontré a mi mamá, que había ido a buscar a mi hermana menor al colegio y que estaba desesperada en la calle, con los vecinos, esperando que yo apareciera.

Yo para ese entonces no tenía una opinión política muy firme, aunque sí con un grupo de compañeros de quince años empezábamos a hablar. En mi casa, mi papá era simpatizante radical. Mi mamá, a escondidas, para que mi papá no se enoje, porque solía tener sus arranques, fue a una unidad básica y se afilió al partido peronista, y yo me acuerdo de que casi en secreto me decía que estaba orgullosa de votar. Entonces yo fluctuaba reconociendo los derechos que se iban adquiriendo, pero también tenía un cierto grado de crítica hacia ciertas actitudes no demasiado democráticas.

Ahora yo recuerdo (no de ese día, sino de los siguientes), cuando se empezaron a conocer los entretelones del intento, que tuve una discusión con mi padre a raíz de que él defendía la posición radical, y yo me había enterado de que uno de los cabecillas civiles del intento de golpe era nada menos que Zabala Ortiz, un radical que después tuvo mucha actuación con los gobiernos militares. Mi viejo decía: No puede ser, no puede ser, pero tenía ciertas dudas respecto a los métodos terribles de la matanza que se hizo. En esa semana, con unos amigos, dos o tres días después, fuimos a la Plaza de Mayo a ver los efectos de los bombardeos. Por supuesto, ya no había cadáveres ni nada, pero vi que había destrozos en la Casa de Gobierno. Vi la metralla sobre lo que era el Banco Hipotecario y vi también restos calcinados de un automóvil sobre Paseo Colón. Recuerdo haber caminado muy apesadumbrado.

Eso me motivó una furia: un estado de rechazo total. Me solidaricé con la posición de mi mamá, que estaba angustiada por lo que había pasado. Mi papá se había llamado a silencio. Yo, paulatinamente, fui tomando una posición no antiperonista: reconocía muchas de las cosas del peronismo, pero ideológicamente me orientaba más hacia un peronismo de izquierda.

Esas son las memorias que tengo de ese día y de los días posteriores