La historia de la medalla por integrar la paritaria

Por Elena

 

Mi papá fue un inmigrante que llegó a la América a los doce años. En 1955 yo tenía veinticuatro años y ya trabajaba en una empresa que fabricaba cerámica en la calle Perú 441, a metros de la Avenida Belgrano. Eso estaba muy cerca de la Plaza de Mayo.

El 16 de junio nos hacen salir —pero volando— porque no decían qué pasaba, pero nos dimos cuenta. Yo me di cuenta. Habitualmente yo iba desde la calle Perú por Belgrano hasta la estación Moreno del subte por la calle Lombardi, donde está el famoso ministerio que ahora es obra social. Era de Obras Públicas en ese momento. Y de ahí a Constitución a tomarme el tren porque yo vivía en Lanús. El 16 de junio de 1955 no se sabía si funcionaban los medios de transporte. Pero yo corría desesperada por ahí y agarré por la Avenida de Mayo. La imagen la tengo grabada acá y no se me va a borrar jamás. Yo vi los aviones largando metralla y dirigiéndose hacia la Plaza de Mayo. 

Corrí desesperada por la Avenida de Mayo: después me metí por Esmeralda, que ahí estaba la sede de la Asistencia Pública en aquel tiempo, y vi bajar gente de un taxi toda ensangrentada. Esmeralda 666 era la Asistencia Pública. Se empezó a rumorear que se sabía que estaban bombardeando. Se escuchaban los estruendos; yo no puedo describir el sentimiento de pánico. No tengo palabras para describir eso. Pero ver la metralla que largaban, escupían, los aviones para mí fue horroroso. Hay películas de eso.

La gente inocentemente iba a la Plaza de Mayo a mirar porque era el lugar de aglutinamiento: en la época de oro del peronismo era eso. Todos iban a la Plaza de Mayo.

El 16 de junio volví a mi casa. Desde Lanús se escuchaba el estruendo del bombardeo. Tomé mi tren, me bajé en Lanús, crucé la plaza y tenía cinco cuadras desde la Avenida Pavón. Derechito hasta mi casa, y después doblaba. Mi mamá estaba en mi casa esperando en la puerta desesperada y cuando me vio venir abrió los brazos así y fue corriendo a buscarme. Y llegó mi papá. Mi papá por perder el 305 vivió: el 305 que iba de Lanús a Retiro, y el otro 307, de Lanús a Palermo. Como mi papá era apuntador en el puerto perdió ese trolebús. Todos sus pasajeros murieron por una bomba. Pero la imagen de los aviones, reitero, escupiendo metralla no se me borró nunca.

Yo no podía hablar ni decir nada en aquella época porque yo había tenido afiliación gremial. Había sido delegada. Nunca hice una huelga; nunca tuve una pelea con la empresa. Integré una paritaria también. Tenía que cuidarme para que no me señalaran porque empezaban las delaciones.

Después del golpe tuve que esconder una medalla de oro que me habían otorgado por integrar la paritaria. Yo no iba con cuentos, ni hacía escándalos, ni discusiones ni nada. Hasta pedía permiso para hablar con los compañeros. A mí me parecía que hablando se podía reclamar lo que no cumplían en el convenio, ¿no? Antigüedad, vacaciones. Porque pretendían que las vacaciones tenían que ser con feriados. 

No conservo la medalla porque la hice fundir. Yo dije alguna vez esto me tiene que servir para salvar alguna situación difícil. No me equivoqué. Con los años me casé; mi marido estuvo muy enfermo y tuve que apelar a ese recurso. Está en el recuerdo.

A medida que yo crecía siempre hubo golpes de Estado. La reflexión que yo me hacía era siempre: “¿Dónde estaba el honor de los militares?”. Si creían que matando gente inocente podían apresarlo (a Perón)… A mí me parecía una ingenuidad total porque podían tener otros medios para sacar a este gobernante que querían sacar. Entonces empezaron las prohibiciones que no se podían nombrar: era el dictador, el dictador, el dictador que huye, que es un cobarde, que esto, que el otro. Se dijeron montones de cosas. Entonces para mí no es una Revolución Libertadora. Y agradezco este tiempo porque yo nunca pude hablar así y ahora tengo ocheinta y tres años y lo puedo decir. Han cambiado todas las cosas. Yo nunca tuve afirmación política, ni fui militante, ni afiliada a ningún partido político; soy de origen obrero, y mi aristocracia es la del trabajo. Esa es mi verdadera aristocracia. Yo la llamo aristocracia con ironismo. Porque me parece nobilísimo eso de no tener necesidad de logros azules.