La bronca por la muerte

Por Oscar

 

El primer recuerdo de mi vida es la muerte de Evita. Tengo la imagen de estar en un altar que se había hecho en la esquina de casa; yo vivía en Villa Luro. Recuerdo haber llevado un florero inmenso de vidrio y haber estado ahí, con mi delantal de la escuela. Ese es mi primer recuerdo: todo el tema de la tristeza que se sentía ahí, en el barrio, y la bronca por la muerte. Mi vieja era docente; había trabajado como maestra rural en Chaco y siempre decía: Gracias a Perón yo conseguí el traslado a Buenos Aires. Mi padre entró a trabajar en el diario La Época. Él era radical, y en casa funcionaba una especie de sede de ese partido. Con tal mala pata que en el 55 —como él era administrador del diario— lo metieron en cana dos o tres días. Mi viejo siempre decía que había sido radical de toda la vida y que nunca se había afiliado al partido porque no era obligatorio; sin embargo, estaba en el riñoncito del aparato periodístico del peronismo. Por eso se tragó un par de días de cana.

Yo no me acuerdo nada del bombardeo. Evidentemente estuvo bien tapado. Y eso que a casa llegaban absolutamente todos los diarios porque mi viejo laburaba ahí. Me acuerdo de todas las noticias que yo veía en esos diarios, pero de ese día en particular, nada. Sí recuerdo —luego de la Libertadora— la tristeza de que todo el mundo en el barrio decía que si eras peronista ahora se viene la persecuta; ahora se viene la vigilancia.