En carne viva…ni olvido ni perdón

Mirta*

En realidad de ese día no me acuerdo.  En setiembre de 1977 se fueron al exilio mis últimos amigos. Recuerdo especialmente el año 1978. En febrero murió mi papá. La UBA ya estaba cerrada y el CONSUDEC no me gustaba. En marzo o abril, con una amiga que fue mi maestra y profesora en el Secundario, arriesgué la presentación de una segunda o tercera foto e ingresé en Ciencias de la Educación de la UCA. Cuando me aceptaron, respiré pensando que ya no iba a desaparecer. A mediados de año en la Facultad me encontré con otro amigo -mi amigo del alma- y juntos hicimos la carrera.

Cuando la única posibilidad de sonreír era pensar en el fútbol, y ni Samoré, ni Chile, ni la guerra, ni los militares, ni que éramos “derechos y humanos” podía afectar nuestras ganas de prepararnos para cuando volviéramos a ser libres, fue como que nos pusimos en la cabeza el Mundial.

Nos podíamos encontrar sonriendo con aquellos con los que no teníamos casi nada en común más que estudiar.

No sé si fue ese junio durante la Apertura que tiraron las flechas para prender la llama. Fillol era de River como yo y Menotti parecía simpático y hasta populista. Lo que me resultaba más lindo, era que se suspendían las clases y aunque estábamos en la UCA íbamos al bar y volvíamos a tener cosas colectivas como gritar un gol y también putear un poquito. La gente estaba contenta, uno de campera, otra muy paqueta, un despeinado y una vieja con tapado de piel: parecía una metáfora de unión. Tenía compañeros que trabajaban en el EAM (Ente Autárquico del Mundial 78) y sabía que ponían a parientes y amigos para ganar dinero extra.

Fui a algunas movilizaciones que se armaban espontáneamente, pero una vez más la historia se me hacía carne. Era un horrible silencio.

Así que al menos en mi colectivo, el Mundial fue una contradicción más en mi historia personal y social.

 

*Editado por Raquel, participante del seminario “Memoria Histórica y Tercera Edad”