Tiempos muertos

Por Enzo

Hacía calor, mucho calor, ese calor húmedo a orillas del Paraná. Recuerdo la casa en penumbras y los pies descalzos sobre el piso frío. La televisión prendida, como nunca, todo el día. No hacíamos nada: no íbamos al club, ni al río, ni a jugar a ningún lado. Solo recuerdo los tiempos muertos entre una noticia y otra.

El estado del mundo de un nene de diez años había empezado a derrumbarse meses atrás. Habían tirado las Torres Gemelas, y el impacto había sido grande: había cosas que trascendían la vida cotidiana y causaban mucho daño y temor. Mucho más cerca, el clima también era espeso: meses sin clases, rumores de familias que se iban o de trabajos que se perdían. Palabras que no entendía, pero en las que notaba la bronca: recorte del 13 por ciento, estatales, falta de presupuesto. ¿Qué era todo eso?

19 de diciembre, y, de nuevo, el impacto. De nuevo, la televisión, los ojos sorprendidos y el cuerpo pegado a la silla. Corridas, carritos con comida, destrozos, piedras, tiros, humo, caras tapadas, gente llorando. La policía pegando, el sol pegando. El miedo terrible al caos, al derrumbe, a que sucediera más cerca. Los rumores, velados, de posibles saqueos en el pueblo. Las cacerolas. Y la espera y la importancia de los discursos: ¿Ya renunció? ¿Qué dijo?

Ya es de noche. Veo los techos de las casas desde la ventana del auto. Vamos al banco a sacar algo de plata, y, mientras, hay noticias en la radio. ESTADO DE SITIO. La incertidumbre, las explicaciones, las reminiscencias. Mi miedo y mi apuro por regresar antes de las 12: no fuera cosa que…

Ver la noche por la ventana del auto y entender que el Estado había cambiado. Para siempre.