El otro cumpleaños

Por Daniela

Los cumpleaños en mi casa siempre fueron, son y —probablemente— serán las fechas más festivas de nuestras vidas. Especialmente en la niñez, ya que no había espacio de la casa en que no se percibiera la alegría de festejar: se veía hasta en el colorido de las servilletas o de los vasos de plástico. Todo indicaba: hoy es un día especialmente feliz.

Y sin embargo…

El 19 diciembre del 2001 no lo fue. No fue el típico día que se sale del ritmo del mundo: había en el ambiente una marea tan densa que —finalmente— opacó el festejo de mis diez años (y eso no sería lo más terrible…). No había risas y cantos, sino rumores… murmuraciones por lo bajo… cambios frenéticos de la TV… silencios. Afuera, corridas, ruidos vertiginosos sobre el asfalto, gritos. Los supermercados están cerrados y los comerciantes aguardan a los saqueadores en las terrazas; están armados hasta los dientes, decía mi mamá. La angustia, la desesperanza, el miedo por el mañana me contagió: sin entender demasiado, yo también empecé a temer. Sobre todo, cuando mi mejor amiga no vino porque “su mamá, dueña de un supermercado, está muy asustada”. Todo empezaba a convertirse en un día mundano: mi mejor amiga no dejaría de venir a festejar por cualquier cosa…

Días después, exactamente, dos, yo —con diez años cumplidos— comía los restos de torta de un festejo trunco mientras veía como un presidente se escapaba en un helicóptero. ¡Y el mundo tan revuelto! Algo que no entendía estaba muy mal… Mis papás tenían un agravio en sus miradas: la maldición del presidente que huye parecía ser eterna…

Nunca voy a olvidarlo. Ese día entendí, tal vez prematuramente, que la felicidad de mi cumpleaños no era universal, que existía un mundo allá afuera que me condicionaba, que aún no lo entendía. Hubo algo más fuerte, más denso y más nefasto que pudo (increíblemente) borrar las sonrisas de un 19 de diciembre.