El derrumbe de más de una ilusión

Por Irma*

 

2001… veinte de diciembre… Pienso que dos años antes ya teníamos una serie de conflictos: conflictos políticos, sociales, económicos, la inflación… todo eso nos venía predisponiendo y lo siento como lo que nos pasa ahora, por eso, a veces, estamos un poco asustados.

Trabajaba como docente en una escuela pública. Trabajé en el estado toda mi vida, durante cuarenta años… cuarenta y un años y monedas. Me jubilé como vicedirectora en un barrio del sur de Caballito, de Parque Chacabuco. Ahí trabajé doce años, los últimos doce años de docente, donde formé un equipo muy lindo con la directora, una señora que era profesora de Historia. Con ella veníamos viendo lo que pasaba, estaba muy alerta.

Con mi marido ya estábamos solos, mi hijo menor estaba en España, y sigue todavía ahí, el más grande ya estaba casado, había nietos… ya lo veníamos viendo. 

Primero, cuando uno se jubila, los gastos de la casa se hacen más pequeños. Me jubilé el primero de marzo de 2001 y el mes de julio me sorprende con el recorte de los salarios. Me acuerdo que con mi marido sacábamos cuentas y decíamos bueno, vamos a cobrar tanto menos. Y le decía creo que tendríamos que haber tomado una cacerola e irnos a la Plaza de Mayo, en vez de sacar tanta cuenta hubiéramos encontrado otra gente, porque ¿cómo podíamos aceptar esto que nos pasaba? Teníamos clarito que era un montón de platita menos. El sueldo de una docente jubilada no es la gran cosa, nuestro sueldo se redujo a la mitad. El de mi marido, más o menos, y todavía el 13% menos.

Llegó el 20 de diciembre y nosotros, estando yo todavía en la escuela, habíamos aceptado, por medio de una compañera, tener alumnos norteamericanos que venían a través de la Universidad de Palermo. Los alojaba en la casa durante tres meses y pagaban quinientos dólares mensuales. Nosotros estábamos en ese programa porque teníamos, con mi marido, toda la ilusión de viajar a España a ver a nuestro hijo. Él venía todos los años, pero bueno, nosotros teníamos la ilusión de ir. 

El programa todavía iba a mejorar mucho porque un chico japonés, Taka, el último que tuvimos en el 2001 –lo queríamos mucho, nos enseñó cómo se cocinaba en Japón, habíamos establecido una relación linda, con mis nietos tenía mucha relación-  me dijo: Irma, sabés una cosa  Tengo un compañero en el curso que quiere pasar un año en Argentina y quiere quedarse contigo, en tu casa. Yo le cuento cómo me haces de comer – Bueno sí- le dije. Pensamos con mi marido: un año entero cobrando quinientos dólares por mes, en el “uno a uno”. Era el sueño de ir a España.

En diciembre nos visitaron los papás de este chico, un encanto de matrimonio. Miraron nuestra casa. Claro, ellos querían saber… dejaban al hijo en manos de otra familia. Acordamos todo un plan. Él venía en febrero y se quedaba. Pero, hete aquí que ocurrió el 2001, el 21 de diciembre. Esto se cortó. Nos escribieron una carta que todavía guardo, muy conceptuosa, pidiendo disculpas. Para ellos, era como que acá había habido una revolución –no lo pueden entender como lo entendemos nosotros- y bueno, el chico no vino. De modo que el viaje se frustró; la poquita platita que habíamos ahorrado estaba atrapada en el Banco Nación.

Recuerdo un episodio de diciembre, creo que fue una semana antes del golpe. Con una amiga nos íbamos a caminar y yo le dije que iba a pasar primero por el cajero, porque ya había rumores de cosas que estaban por pasar. Entonces nos fuimos al cajero y ahí encontré que yo no podía sacar… yo quería sacar, qué sé yo, todo lo que tenía, o quinientos pesos, y me daba solamente doscientos. Llegué a casa y le dije a mi marido que con esto teníamos que tirar porque no se sabía qué iba a pasar. Pasaron unos días y se produjo el golpe. 

Vino Navidad, nos reunimos en familia, en una casa afuera de unos amigos de mi hijo, nos fuimos todos, tratábamos de levantar el ánimo. Pero todos, creo, teníamos adentro una cosa pesada porque veíamos cómo venía la mano. Eran chicos que se habían recibido junto con mi hijo, ingenieros, abogados, profesionales que estaban peleando para empezar y realmente sabían todo lo que se venía.

Pasó el 2001 y seguimos así un año. El primer año fue terrible, viendo todo lo que se producía, los cacerolazos, el club del trueque, salíamos a la calle para ver si podíamos ayudar a la gente que no comía. Lucas, mi hijo, participó de una olla y trataba de acercar ayuda. Si alguna persona tocaba el timbre, uno se condolía –como pasa ahora, más o menos-, fue muy duro.

Finalmente, el viaje a España no se hizo. En el 2005 falleció mi esposo, partió con las ganas de haber ido a ver a su hijo. A fin de ese año pude ir a España, como cerrando esta etapa, que se vuelve a abrir en cualquier momento.

 

*Editado por Norma en el marco del taller de edición de testimonios en agosto de 2019 en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA).