Caramelos y navajitas

Por Jorge

 

Recuerdo bien esos aviones. Yo tenía seis años y estaba en mi escuela. Volaban a poca altura y daban la vuelta para regresar en dirección de la ciudad. No sabíamos qué ocurría, pero el asunto me gustaba: me gustaba ver esos aviones de guerra rugiendo sobre el río y que pronto nos iríamos a casa. Nos hicieron permanecer de espaldas a la medianera. El director dijo que nuestros padres vendrían a buscarnos. El director era un escocés con olor a wiski. El tipo tenía un alambique en la residencia de pupilos donde destilaba su alcohol de mala calidad, según me contó mi padre.

Entre varios padres fundaron ese colegio, que aún perdura, para evitar la escuela pública con su adoctrinamiento peronista. En Música, el profesor tocaba en el piano la marchita, pero los alumnos solo debían tararearla. Yo no me acuerdo muy bien de eso: me lo contó mi hermano mayor. Sí recuerdo que venía un pibe cuyo padre era un empresario o un funcionario de Perón. Llegaban en un auto sport importado: parecía un plato volador y todos lo rodeábamos fascinados. El pibe era un gordito que canchereaba con el auto y a veces abría la gaveta del tablero para que viéramos el revólver.

Mi madre vino a buscarnos muy nerviosa. Mi padre la llamó desde su estudio de abogado no lejos de la plaza para que nos retirara del colegio, pues los aviones bombardeaban la Rosada. No se habló en casa de muertes. Luego fue lo de las iglesias quemadas. Eso sí que fue dramático, aunque no murió nadie. Vino mi padrino, que vivía al lado; se juntaron varios hombres. Decían que el cura de la iglesia de Olivos temía que fuera atacada. Fue la única vez que vi a mi padre con un arma. Mi hermano les prestó su bate de béisbol. Pasaron la noche en la iglesia, pero los incendiarios no aparecieron.

De los otros pibes del barrio me enteré de que había que tener cuidado del encargado de la plaza. Cada plaza tenía su cuidador y era peronista. Podía darnos caramelos con vidrio molido y poner navajitas de afeitar en las maderas del tobogán. Cuando me señalaban a un malvado peronista siempre era morocho y de aspecto provinciano.

Una mañana, luego que el tirano huyera en la cañonera paraguaya, el gordito llegó como siempre en el coche sport de su padre. Cuando el padre se fue, lo rodearon y con navajitas de afeitar le cortaron el saco escolar en tiritas. No vino más.

Con mi primo quemamos los libros escolares de Evita. Fue como una ceremonia de exorcismo.