Barreras humanas

Por Paola

Mis oídos aún sienten los golpes de las cacerolas, el olor a gas lacrimógeno está impregnado en mi nariz y en mis retinas aún tengo las tristes imágenes de la ciudad destruida, cuerpos ensangrentados y gente encapuchada corriendo por todos lados.
Cómo olvidarlo. En ese momento vivía en Moreno y Lima, pleno escenario del estallido social; gente rompiendo los bancos, las esquinas cortadas con gomas quemadas, gente queriendo meterse en los edificios cuando entrabas escapando de la montada. Incertidumbre, nervios, por no saber bien qué pasaba.

Trabajábamos en Coto. Changuitos atravesados en la puerta, barreras humanas cuidando sus bolsillos. El “señor Coto” —yo lo conozco— pedía a sus empleados hombres, como en el caso de mi marido, que cuidaran el lugar toda la noche.

¿Qué podía hacer un empleado ante semejante situación de desesperación?

Y, al llegar a casa, la otra cara: veía a ese pobre hombre que, sentado sin poder hacer nada, veía cómo le saqueaban todo el autoservicio, “Juan, el chino”. Y sí. Lloré con él conmovida; compartí su dolor.

Corralito, trueques, saqueos, cartoneros, tiros, policía montada, cacerolas, destrozos, sangre derramada.

Nunca más.