Apocalipsis efectivo

Por Jerónimo

 

Nadie entendía nada, y yo tampoco: era diciembre del 2001, y mi televisor de 21 pulgadas, sin flat screen ni conexión a internet, mostraba las primeras imágenes de los saqueos. Yo estaba en mi departamento con unos amigos con los que habíamos venido desde Baradero a estudiar en Buenos Aires, y ese año no fue, hay que decirlo, el mejor, aunque de alguna manera, visto desde ahora, lo fue.

Esos días los viví sin angustia ni desesperación: más bien con entusiasmo y en un estado de rebeldía que nunca volví a experimentar. Había movilizaciones de todo tipo, incertidumbre y ebullición. Meses antes, las Torres Gemelas habían caído, y yo recién me acostumbraba a los edificios porteños, al nervio y a la velocidad de la ciudad.

En ese momento, a finales del 2001, vivía en el centro, en Corrientes y Talcahuano. La inseguridad entonces era algo palpable, aunque no precisamente por los secuestros exprés o por las salideras, sino porque había llegado el final de una época, un apocalipsis político y social que llevaría, con esfuerzo, a un lugar mejor.

Luego vino la confiscación de ahorros, que en su momento me pareció un tema menor entre tanta debacle, pero que terminaría dándole el cuchillazo final a los años menemistas, en los que incluyo a la Alianza. Con mi novia de entonces, desde el departamento escuchamos las cacerolas y enseguida fuimos a ver qué pasaba en la calle. La marea nos llevó, y terminamos en la Plaza de Mayo junto a miles, millones de personas.

Entonces llegaron los gases lacrimógenos. Uno de los primeros cayó justo donde estábamos con mi novia. Al escapar, ella perdió una ojota y quiso volver a encontrarla, pero fue imposible. Con los ojos llorosos, la garganta inflamada y la nariz enrojecida, logramos refugiarnos, reaccionar y ubicar la Diagonal Norte para llegar al departamento. Ya cerca del Obelisco, alguien nos advirtió que no siguiéramos por ahí, que la policía estaba disparando con balas de plomo. Agarramos una calle paralela y, a pasos acelerados, llegamos al departamento, del cual no salimos hasta varios días después, cuando mi papá pudo entrar a Buenos Aires para llevarnos a Baradero.

Desde el departamento, con el gas lacrimógeno todavía en los poros, miramos por la televisión cómo la violencia se incrementaba, cómo la policía montada les pegaba a las madres de Plaza de Mayo, cómo los protestantes caían muertos en el Obelisco.

Días después, al salir del departamento, comprobé que el apocalipsis efectivamente había llegado. Los negocios estaban destrozados, los semáforos eran inútiles, había humo de gomas quemadas y postes tirados en el piso… como si todo lo vivido hasta entonces fuese el tumultuoso nacimiento de algo que nunca podía morir.